99% de los lectores de este artículo son corruptos

Sin ánimo de ofender Doña Purísima Catilipo La década que pasó en América Latina deja cuatro marcas: 1. Marca primera:...

Sin ánimo de ofender
Doña Purísima Catilipo


La década que pasó en América Latina deja cuatro marcas:

1. Marca primera: el caudillismo y lo Nacional Popular. Estos años, en varios países de vuestra  América, hemos tenido la fantástica e increíble bendición de vivir bajo liderazgos caudillistas y bajo sistemas de tipo Nacional Popular. Regímenes también llamados “populistas” por los críticos. La verdad son regímenes de una vieja tradición (la revolución mexicana, Busch, el MNR o Perón), pero que resucitaron con todo de tiempo a esta parte.

2. Marca segunda: el auge y la decadencia de los precios de las materias primas. “Gracias a la China que me ha dado tanto…”

3. Marca tercera: creció la clase media. Creció justamente con el boom de los precios en las materias primas y con las políticas redistributivas propias de lo Nacional Popular. Oye, entre nos: en eso lo Nacional Popular se parece mucho a la socialdemocracia contemporánea, al nazismo y al fascismo en general: todos ellos son propuestas estatistas, socialistas, redistributivas y muy cursis en el discurso y la estética. Por no contar que todos son nacionalistas (menos la socialdemocracia contemporánea que es un puro invento gringo de la posguerra. Los gringos quedaron hasta los "cullons" (cojones, en catalán) de los nacionalismos y el 45 prohibieron a los europeos y al consenso socialdemócrata andarse con esas pavadas. De Gaulle se les escapó un poquito).

4  Marca cuarta: El auge de la corrupción.
Estos cuatro factores están ligados entre sí. Regímenes Nacional Populares, plata por materias primas, crecimiento de las clases medias y corrupción… mucha corrupción. Un paquete. Todo un combo.

Pero oye, merece consideración aparte la cosa de la corrupción. En eso nos lucimos. 10 sobre 10. No sólo porque hoy en el mundo, América Latina vuelve a sonar como sinónimo de corrupción, sino porque además, América Latina, más allá de la política, muestra ya sin posibilidad de disimulo en tantos aspectos, que tiene un problema gravísimo y estructural con la corrupción.

No jodan: no me cuenten los opositores en Bolivia que la corrupción es nueva y que es obra exclusiva y excluyente del rojerío  y de los populistas de estos últimos años.

La corrupción ni siquiera es obra del gran Fidel. Cuya isla por definición es sólo y únicamente corrupción: es una finca familiar, como lo es toda tiranía de ese vuelo. Y ya por no serlo, la corrupción ni siquiera es cosa consagrada para el comandante Chávez y sus hijas (tan feas las queridas), o cosa exclusiva de Maduro el inmortal (mierda, no se cae ¿no?). El rojerío nos salió buenísimo en las artes de la corruptela (para qué negarles ese don), pero por favor caballeros: no dramaticen, ellos no son los inventores de la cosa.

La cosa, en realidad, es cosa de todos y de siempre.

Y ya estará Ud. querido lector, diciendo que sí: que la corrupción no es de izquierdas ni de derechas, ni neoliberal, ni revolucionaria. Ni del pasado, ni del cambio. Que es más bien, cosa de todos.

Pero se equivoca. Cuando yo digo que la corrupción es cosa “de todos”, me refiero a verdaderamente todos. A Ud. más, querido lector. A Ud. más, si es que Ud está entre el 99% de la población que se mete la norma por donde mejor le entra y vive cada día a punta de desconocer o corromper la ley y el derecho.

En América Latina no solamente estamos ante el fenómeno raro de unos tiempos y de unos políticos pendejos dados a la corrupción. Eso por descontado camaradas. En América Latina estamos, sobre todo, ante sociedades que sólo se comprenden y se explican en su fundamento, por eso llamado la corrupción.

Sociedades corruptas. Sociedades que viven de, con y por la corrupción. Sociedades donde todo el que puede hacer corrupción, la hace. Y sociedades donde todos pueden hacerla. O casi todos.
Y por eso, todos los ciudadanos; sean obreros, estudiantes, o  burguesía nacional, sean madres, padres, abuelos y abuelas, hijos o hijas, sean intelectuales ilustrados y cultos o fanfarrones ignorantes y burros, sean artistas, comerciantes, profesionales, cocineros, campesinos o indígenas, sean mestizos, blancos o negros, sean hombres o mujeres y sean lo que sean, hacen corrupción. Habrá alguno que no. Seguro. Pero ya se sabe la sociedad  (lo social) no se hace de excepciones, se hace de lo frecuente y de lo común.  

Vamos a hablar de esta cosa. ¿Bueno? De la corrupción. ¿Qué es la corrupción?

La corrupción es nuestra forma habitual de convivencia.

Es la forma y la racionalidad del orden social que habitamos. La corrupción es la forma y la racionalidad de la dominación en la que desarrollamos nuestra vida comunitaria. Es la forma y la racionalidad de la legitimidad que compartimos. Es la forma y la legitimidad de la cultura y de la hegemonía desde la que pensamos y actuamos y nos comunicamos. La corrupción lo es todo en nuestra vida colectiva. No digo que impregna todo. Digo esto: es todo. Vaya, es el sentido, el fundamento  y así, la explicación de nuestras relaciones. ¿Somos así de corruptos, como sociedad compañeros? Sí. Sí somos. El 99%. A lo mejor Ud y su mundo está en el 1% restante. Buen viento.

A ver. ¿Por qué digo eso que puede ofender? No sólo a los hombres y mujeres honrados y éticos de esta sociedad (que de haberlos, “haylos” y son dignos de todo respeto), sino que pucha, puede ofender además, a los nacionalistas (que abundan) y que se negarán por principios, por interés, por afectos y por cursilería, a admitir que lo básico de su comunidad nacional sea semejante cosa: la corrupción. ¿Por qué digo eso tan grave? Veamos.

La corrupción no es una falla moral de alguien en particular. No es cosa que pueda definirse como lo contrario a la ética. O como un incidente excepcional.

Y por eso es un error (además de ser una costumbre cómoda y una tentación pelotuda de todo intelectual mediocre), el hacer críticas morales y moralistas contra la corrupción.

Una crítica moralista contra la corrupción, en el fondo, está proponiendo un superhéroe o un superhombre que nos libere de la corrupción. Y creer que hay superhombres y proponer superhombres para regir a las sociedades, es proponer otro modo de corrupción. En buen romance, eso se llama caudillismo. Es un modo de sostener que hay unos tipos especiales y  superiores al resto y a la ley y que deben gobernarnos para luchar contra los que ahora son especiales y contra los que ahora están por encima de la ley. Es más de lo mismo. Es puro razonamiento y tentación señorial.

Aclaremos. La corrupción es el resultado de una relación histórica de fuerzas. Una relación de fuerzas (o una lucha entre los actores de una sociedad), donde pierden las fuerzas de la norma, de lo público, de lo comunitario, de lo objetivo, y ganan las fuerzas de lo personalista, de lo faccionario, de lo privado, de lo subjetivo.

La corrupción entonces, es la ausencia o la derrota de la norma. O lo que  es igual, es la presencia de norma violentada. La corrupción así, es un tipo de orden: el orden previo a la ley. El orden social donde se impone el más fuerte, el más oportuno, el más audaz, el más afortunado, sin reparar en la ley.

La corrupción es el resultado de una lucha donde obtuvo la victoria el más potente y donde cayó derrotado el  derecho. Es el orden social donde todos hacen lo que  pueden según sus fuerzas particulares y subjetivas. La corrupción es la debilidad o ausencia de esa norma que dice que todos deben someterse a la norma.

La corrupción, desde este punto de vista, es la ausencia de la comunidad moderna y la vigencia de la sociedad señorial y premoderna. La corrupción es el orden de los señores y los vasallos. Donde los vasallos (por cierto) no sólo son víctimas, sino aspirantes a señores. Y por eso, la gran corrupción la que está en todo, no puede ser una característica de una sociedad: de haberla sólo puede ser su fundamento.  Su modo de ser sociedad. Su estructura. Es nuestro caso.

De hecho así es la realidad en toda América Latina. Aquí  el orden, en su fundamento, es corrupción. O sea, es lucha sin reglas y victoria del más fuerte cada día.

Durante la semana pasada ¿cuántas veces ha violentado la norma de la estatalidad Ud. querido lector? No se moleste. Aquí hay corrupción en cada rincón y a cada minuto. Desde luego la hay en los gobiernos y en todos sus niveles. La hay en las universidades. En el futbol, en la entrada folklórica, en el sindicato, en los colegios públicos y privados, en el condominio, en las familias, en los exámenes, los negocios máximos y mínimos,  en los clubes, en el vecindario, en las bandas de música, en los hospitales, en los micros, en los mercados, en las comunidades religiosas, y en fin, en cada espacio donde alguien escribió una norma y vino el más fuerte y la violentó, e hizo de ese violentar la norma, el hábito y modo de vida de la comunidad. Y Brasil es lo mismo. Y Guatemala y la Patagonia y Tijuana y en fin.

Y lector, ¿hace Ud. eso (violentar o corromper la norma cada semana, varias veces) porque es un hombre o una mujer signado por el mal? ¿Hace Ud. eso porque tiene un problema ético con la vida? No ¿verdad? Ud. hace eso primero porque puede. Es fuerte y hay un espacio donde Ud. puede cagarse en la ley. Y lo hace. Está en sus posibilidades y en su poder. Pero además Ud. hace eso porque debe hacerlo. No le queda más remedio. Si no lo hace, lo aniquilan. ¿Cierto?
Su sociedad funciona con ese principio. Si puede, métale. Y todos le meten. ¿Verdad?

Ud. para estar en su sociedad, para comunicarse, para dominar, para obedecer, para explotar  a los demás y para ser explotado por los demás, Ud. para sobrevivir, pues debe tomar parte de una lucha donde nadie respetará la norma objetiva. Y donde ganará el más fuerte, más allá de lo que diga la ley. Le tocó y Ud. está a la altura del desafío.

Oye, y los holandeses, los alemanes, los franceses, los suecos, y todos esos en general ¿por qué cumplen la ley? ¿Por qué no hacen corrupción? O si la hacen (algunos son la hostia de corruptos) por qué la corrupción no se convierte en el sistema de vida de esas sociedades, sino en una excepción que puede tratarse y se trata? ¿Qué pasa? ¿Son esos tipos mejores que nosotros? ¿Son más éticos? ¿Son más conscientes? ¿Son más algo?

Huevadas. Son unos piratas de gran tradición maleante. Siempre lo fueron en la historia. Unos asesinos en masas. Sanguinarios. Asaltantes. Violadores de mujeres y vendedores de sus propios hijos en condición de esclavos.  Construyeron sus sociedades a sangre y fuego en el peor y más radical y terrible de los sentidos. No son mejores. Son peores. Pero carajo, hoy cumplen la ley.

Con lo cual: esos señores y esas señoras (los y las europeas) no son esencialmente buenos o correctos, ni nosotros somos esencialmente corruptos. Porque sencillamente no hay esencias lector: hay momentos y resultados en la lucha de fuerzas que determinan si una sociedad es corrupta o no. O sea, si una sociedad vive de acuerdo a normas objetivas y obedecidas por todos, o no.

Y esa lucha, la de la convivencia, pues a veces da por resultado unas sociedades corruptas como las nuestras. Y esa lucha en otros momentos, en otras circunstancias y por ciertas razones específicas (normalmente la guerra masiva, la revolución sangrienta y el desarrollo de cierta gran riqueza capitalista), pues da por resultado sociedades con normas objetivas y obedecidas, como en las actuales sociedades europeas.

Conclusión, hasta aquí la corrupción es una construcción histórica que resulta de la lucha de las fuerzas en una sociedad. No es un fallo ético. Decir que es un fallo ético es un canto pícaro del cual hay que cuidarse. Cuando las fuerzas subjetivas o señoriales (personas, partidos, caudillos, grupos, familias, ideologías, iglesias, gremios, sindicatos, razas, etnias, Etc.) ganan a la ley o a las fuerzas objetivas, entonces, tenemos una sociedad corrupta: una sociedad fundada en la potencia subjetiva del más fuerte. Otra vez: es nuestro caso.

Sobre la corrupción, eso: ni soluciones ni condenas, sólo describirla. A sangre fría.

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Rimay Pampa: 99% de los lectores de este artículo son corruptos
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