El Papa hoy

Rubén D. Atahuichi López Tomado de La Razón Recuerdo mayo de 1988, cuando algo parecido con la visita del papa Francisco experimentaba e...

Rubén D. Atahuichi López

Tomado de La Razón

Recuerdo mayo de 1988, cuando algo parecido con la visita del papa Francisco experimentaba el país con Juan Pablo II. Soldado recién ascendido, fusil en bandolera y una cantimplora de sultana fría, temprano había sido desplazado junto a mis camaradas a la gigante explanada que esa vez improvisaron cerca del aeropuerto de Oruro, al este de la ciudad.

Recién regado el lugar, unas líneas de cal demarcaban las vías de circulación y los espacios para las multitudes. Mi suerte, estaba en primera fila haciendo guardia de seguridad, justo al borde de la calle por donde iba a pasar Karol Wojtila. Mi desgracia, un compañero me sacó una foto con el Papa de fondo y hasta ahora no sé quién tiene ese rollo.

De haber sido aquél estos tiempos, habría cualquier forma de tener esa imagen: una cámara o un celular... una selfie quizás. En tiempo real, sin necesidad de esperar horas para revelar las tomas o mascullar broncas por sí se hayan quemado. Hasta la posibilidad de compartirlas por las redes sociales o, simplemente, mostrarlas en la misma pantalla. No recuerdo tanta información sobre aquel acontecimiento; apenas sabíamos que el que llegaba al país era el líder de la Iglesia Católica. Quizás alguien con ínfulas de santo o un ser divino.

Ahora, no hay día en que no se sepa alguna novedad sobre el arribo en días de Mario Bergoglio. Que le hacen chocolates chuquisaqueños con su imagen, que arribará en una avión de la estatal BoA acondicionado con motivos bolivianos o que quiere masticar coca, y de los Yungas.

Los medios de información —en una competencia real— están ofreciendo detalles de la visita a manera de primicias, hasta en espacios especiales con distintos nombres. Todo es Papa: suplementos impresos, programas de televisión específicos, hashtags o videos que se hacen virales en las redes sociales.

Y hay más despliegue informativo, no necesariamente porque en la de Juan Pablo II lo haya habido menos, sino por las condiciones tecnológicas favorables de hoy. Era impensable, por ejemplo, que en aquel tiempo el Sumo Pontífice hubiera anticipado por televisión su mensaje a la nación, y a pocas horas de haberlo emitido desde el Vaticano. Hoy, Francisco lo puede, hasta su forma de ser se lo permite: un tipo que ha roto con todos los cánones de sus predecesores y con dotes “humanas” que lo hacen más cercano a la gente.

Claro, también ayudado por los nuevos paradigmas de la comunicación y la información. Por eso mismo la gente está más informada sobre su personalidad (llamar al azar a cual creyente se le ocurra o responder en persona cartas que le llegan, por ejemplo) o sus debilidades terrenales (su simpatía por un equipo de fútbol de su natal Argentina, San Lorenzo).

El Papa que llega lo hace en un momento apto para hacerse más popular e influyente. En una circunstancia en que todos hablan de él, mal o bien; no solamente en la calle o por los medios de información, sino por las redes sociales.

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