Las cosas buenas de hoy

Andrés Gómez Vela A finales del 90, es decir, del siglo pasado, un grupo de compañeros de trabajo decidió buscar créditos para tomar ca...

Andrés Gómez Vela

A finales del 90, es decir, del siglo pasado, un grupo de compañeros de trabajo decidió buscar créditos para tomar cada uno por su cuenta un departamento en anticrético o comprar un terreno. Inmediatamente, se dieron a la tarea de averiguar las condiciones más ventajosas en los bancos. Y todos volvieron con la misma respuesta: “es muy complicado, nos piden garantía real u otros bienes que no tenemos”. 

Constataron que los bancos no prestaban a los que no tenían dónde caerse muertos. Entonces, ¿qué sentido tenían? Uno va al banco justamente porque no tiene dinero y no porque le sobra. 

Esas empresas, que multiplican capital con dinero y esfuerzo ajenos, se desarrollaban en condiciones ventajosas, no sólo tenían ganancia asegurada, sino que cuando quebraban por alguna razón, tenían que pagar, paradójicamente, vía Estado aquellos a quiénes precisamente les negaron el préstamo, en definitiva todos.   

Ante tal orfandad social, esos jóvenes que, esa vez, buscaban una casa propia, cayeron en las fauces de unas financieras que les clavó, si mal no recuerdo, un interés de hasta el 25 por ciento. ¡Por Dios, nunca más real la frase: si quieres que te asalten sin armas, saca un préstamo de un banco! Nada sería eso. Uno de los deudores ahorró todo lo que pudo para amortizar el pago al capital y librarse de los intereses. ¿Qué creen? La financiera le dijo que debía respetar el cronograma de pagos y los montos. ¡Fatal!

Hoy cambió esta situación. La Ley de Servicios Financieros, impulsada por el Ministerio de Economía, cambió en cierto modo el rol de los bancos. Y en serio, facilita el acceso al crédito para una vivienda con un interés que oscila entre el 5.5% y 6.5%, aunque por ahí hay aún uno que otro banco que intenta poner algunas trabas.

Con la norma de hoy, probablemente la única que se aplica en toda su dimensión, aquellos jóvenes de los años 90 hubieran tenido más posibilidades de salir rápidamente de su precaria situación, aunque el momento económico no era tan favorable como hoy. 

Esa misma gente bregó, en situaciones adversas, para recuperar la autoestima nacional y constituir a Bolivia en un país con mucha fibra. Sin embargo, ese viaje comenzó mucho antes con las marchas de la CIDOB, con las anatemizadas ONGs de hoy, entre ellas el Instituto Politécnico Tomás Katari (IPTK) del Norte de Potosí, que formó profesionales indígenas para demostrarles que sí había esperanzas. 

En esta emancipación mental contribuyó la llegada de Víctor Hugo Cárdenas a la vicepresidencia con el MNR. Miles de indígenas y originarios se vieron reflejados en él a tal punto de ver factible su acceso al poder a través del voto. ¿Cómo olvidar a Felipe Quispe? Recuerdo que expresé mi alegría pública en un artículo cuando un día retó al general Hugo Banzer a poner en una balanza sus cerebros para ver de quién pesaba más, ¿de un alemán-nazi o un indio?

Desbrozando el camino, llegaron en pleno gobierno neoliberal las leyes de Participación Popular y Descentralización Administrativa, que condujeron por una avenida a indígenas y originarios a ocupar cargos de decisión, primero, en los municipios, luego en el legislativo y, hoy, en la presidencia. La llegada de Evo Morales a Palacio es la coronación de ese proceso. Hoy somos algo más iguales que hace 20 años y más orgullosos de nuestras raíces.

Este levante espiritual repercutió en la vida nacional y bajó los complejos que había en las relaciones sociales entre collas y cambas. 

Hasta la primera década del presente Siglo era insoportable el uso de ambas palabras porque connotaban desprecio y menosprecio del otro, a quien consideraban foráneo más que boliviano. Aunque este encono se incubó, en 1958, en un hecho PostRevolución de 1952, llegó a su clímax entre 2006 y 2009, cuando un grupo de desubicados humilló y prohibió el paso de campesinos originarios e indígenas por espacios públicos, nomás porque eran diferentes.

Hoy las palabras colla y camba son un gentilicio más que un insulto. Aunque aún faltan superar ciertos diques mentales, hemos avanzado mucho, no sólo nos toleramos, si no que nos necesitamos y queremos porque nos sentimos cada vez más bolivianos.  

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